¿Inmersión lingüística? Yes, please!

Hace unos días regresaba de su primer viaje lingüístico a Inglaterra una nueva versión de mi hija adolescente. Se marchó a primeros de julio y la experiencia ha supuesto un cambio evidente en ella, para bien.

Su actitud hacia el aprendizaje del inglés, lamentablemente y como le pasa a la mayoría de los jóvenes, era más que negativa. Dentro del currículo escolar, la presión de los exámenes y la titulitis, el inglés no deja de ser otra asignatura más que añadir al grueso de muertos que tiene que estudiar. Para más inri, es un tema no negociable en casa, lo cual a veces conlleva enfrentamientos de puntos de vista. Desde que tiene uso de razón, mientras otros niños jugaban al fútbol o hacían ballet en las extraescolares, ella iba a clases de inglés. Cuenta con buen oído y facilidad para aprender, y de un tiempo a esta parte, me había expresado que empezaba a ver las ventajas de saber inglés, entre ellas que mola entender las canciones que escucha. Pero más allá de eso, el inglés era, con perdón de la expresión, un coñazo. Y su madre, una loca pesada.

Desde que cumplió los 13 sabía que pronto le tocaría hacer un viajecito. Mi propia experiencia personal en este sentido, a los 17 años, hacía que quisiera mandarla a UK cuanto antes. Consiguió escaparse durante dos veranos seguidos con la excusa de que era muy pequeña para marcharse y la verdad es que yo estaba de acuerdo en ese punto. Sin embargo, los 15 ya eran el tope. Sí o sí.

Cuando supo que la decisión estaba tomada renegó hasta hartarse, y su actitud fue de intolerancia radical: no quería ni oír hablar del tema. Se ponía de los nervios. Le daban igual los argumentos, no entendía que marcharse de casa sola, a otro país, a hablar otro idioma por obligación y estar lejos de sus amigos le fuera a reportar nada bueno. Me avisó: “no pienso hablar con nadie”.

La informé: “te lo vas a pasar fenomenal, va a ser una súper experiencia, ahora no te quieres ir pero ya me lo agradecerás, bla, bla, bla…” Eso por el lado bueno. Por el malo: “el primer día es complicado, los tiempos son diferentes a los de España, las comidas muy repetitivas, puede que el acento te cueste pillarlo, pero no te preocupes que el segundo día lo ves todo de otra forma, y después de dos semanas no te querrás volver, ya lo verás”. Ella me ponía cara de “sí, claro, no te lo crees ni tú”.

El día que se marchó yo era un manojo de nervios. No sólo se marchaba mi princesa, también lo hacía casi a disgusto porque yo, su madre, la eterna estudiante de idiomas y profesora de inglés, la había obligado. ¿Puede ser peor? Cuando esa primera noche la llamé por teléfono, preparándome mentalmente ante un aluvión de quejas y dolores, me sorprendió diciéndome que estaba “contenta”. Sin más, no especificó más, pero mi yo interior daba saltos de alegría.

Se había marchado con otras tres niñas que iban a hacer el mismo programa. Hicieron piña ya en el aeropuerto de salida, mientras esperaban su vuelo retrasado y empezaban a conocerse. A partir de ahí, el tiempo pasó para ella volando, tanto que después de cinco días allí ya me estaba hablando del viaje del año que viene y la última semana quería quedarse otra más…

El día de su regreso lloraba de pena por tener que volver a casa y a la rutina, de separarse de toda la gente maravillosa que había conocido, y que desde ahora iba a formar parte de su vida. No para de hablarme de sus amigos mejicanos, croatas, italianos, rusos o chinos. La suerte que tiene es que siguen en contacto a través de Facebook y redes sociales, cosa que yo no pude hacer porque en la prehistoria no existía Internet. Su lista de seguidores en Instagram se ha multiplicado por dos en cuestión de días.

Me cuenta que se lo ha pasado bomba. Le han encantado las actividades que ha hecho en la escuela, las clases de inglés, los compañeros internacionales, las excursiones que hicieron a Brighton, el museo de cera, las compras por Londres… Que ha aprendido mucho inglés y que se ha dado cuenta de que lo necesita si quiere salir un poco del pequeño punto que suponemos en el mapa mundi.

Para mí lo más importante de todo es que ha perdido el miedo a comunicarse en inglés. El día de su vuelta estuvimos hablando en inglés más de una hora, sin parar. Yo, a cuadros. Era la primera vez que me decía más de dos frases seguidas, y además con ganas. Pude comprobar su soltura, la cantidad de lengua coloquial que había adquirido, y cómo se manejaba sin miedo a equivocarse.

Ella misma me dice que no sólo ha perdido el miedo a hablar y a cometer errores, sino que además ha ganado muchísima confianza en sí misma, en relación con el inglés y también en sus relaciones interpersonales. Ha perdido parte de su timidez, que le impedía comunicarse con desconocidos, y se siente más segura de sus propias capacidades. Siente que ha madurado y que tiene más iniciativa ante las dificultades y los retos que se le presentan, y que se ha desarrollado personalmente.

Hoy la tengo a mi lado mientras escribo este post, y se ríe al recordar lo pesada que me puse yo, lo cerrada en banda que estaba ella, y cómo dos semanas de esta experiencia le han cambiado la vida. Literalmente. Cuando le he pedido que me ayudara a escribir sobre ello y le he preguntado los pros y los contras, no ha sabido decirme nada que no le hubiera gustado. Luego ha pensado un poco más y sí ha encontrado algo que se podría mejorar: la comida, pero más allá de eso, todo ha sido positivo. Dicho con sus propias palabras: “ha sido una experiencia increíble”. Ahora está pensando en su próximo viaje. ¡Dice que quiere trabajar para ganarse unas pelas y poder contribuir!  Hay que ver cómo pueden dos semanas cambiar nuestro punto de vista… Así que, como yo sabía, el tiempo ha terminado dándome la razón, cosa que yo no le he echado en cara, (¡aunque me han entrado ganas!), y es una broma que ahora tenemos entre las dos.

No he podido evitar cierta envidia. Desde que me marchara por primera vez a un pueblecito de Inglaterra hace tropecientos años con un grupo de españoles, he sabido que ésta es la mejor manera de empezar a consolidar lo que estamos aprendiendo y de ponerlo en práctica. Además de todo lo que supone a nivel personal (crecimiento, maduración, seguridad en uno mismo, nuevas vivencias, nuevas amistades…)

Algunos padres que están pensando en mandar a sus hijos a hacer una inmersión lingüística me piden datos prácticos, así que aquí os dejo un poco de información (por supuesto totalmente personal y no probada científicamente):

  1. Edad mínima: creo que a partir de los 14, (y siempre dependiendo de la madurez del niño), puede ser un buen momento para disfrutar de esta experiencia. A partir de ahí, cualquier edad es buena: de 14 a 99!
  2. Nivel de inglés: cualquiera, si bien es cierto, cuanto más se sepa más fácil será ponerlo en práctica y adquirir nuevas destrezas. Lo aconsejable: mínimo B1.
  3. Destino: depende de varios factores como la cercanía, el acento o el presupuesto. En la zona sur de Inglaterra o Irlanda el acento es más fácil de entender y copiar, mientras que si nos vamos al norte de Inglaterra o a Escocia podemos encontrarnos con algunas dificultades de comprensión, ya que no es el estándar en la enseñanza y si el nivel de lengua al llegar no es muy alto puede causar frustraciones. EEUU y Canadá son buenas opciones también, preferidas sobre todo para realizar un curso completo en el extranjero y el acento es fácil de coger ya que estamos constantemente expuestos a través de las series de TV y el cine. (Y no, Malta no es un buen destino, ya lo explicaré más adelante, pero si queréis preguntarme lo podéis hacer a mi correo electrónico).
  4. Mejor un pueblo pequeño bien situado que una ciudad muy grande. Es más fácil mezclarse con locales y aprender de ellos, y disminuyen las ocasiones en que el grupo habla su propio idioma. Si está bien situado será fácil llegar a destinos turísticos que hay que conocer.
  5. ¿En familia o residencia? Prefiero familia, ya que te permite disfrutar de la experiencia real de vivir entre ellos, y el aprendizaje de la lengua es mayor y más rápido. Por otro lado, en una residencia el niño se encuentra más cómodo ya que sus amigos están al lado, se siente más protegido al no encontrarse entre extraños, pero esa sensación de extrañeza dura dos días, y la pega de las residencias de estudiantes es que hablas de todo menos inglés!
  6. Duración: la primera vez, mínimo mínimo dos semanas. Por debajo de eso más que un curso de inglés se trata de unas vacaciones. En ocasiones sucesivas ya dependerá de cada uno (y del presupuesto!). Los programas suelen ser de tres o cuatro semanas, y cualquier plazo por encima de eso sólo puede ser positivo, ya que multiplicará el aprendizaje.
  7. Precio: pues evidentemente depende muchísimo del destino, el programa, etc. Un viaje “normal” de un mes a Inglaterra o Irlanda puede costar aproximadamente 700 euros por semana, más los gastos allí. Pero esto es sólo orientativo y cada programa tiene sus propias características.
  8. Apóyate en una agencia especializada. En nuestro caso acudimos a Class Spain en Alicante. Tienen una dilatada experiencia en el sector, un montón de programas diferentes y destinos que se ajustan a cualquier necesidad. El hecho de que sea local también es importante, ya que ante cualquier emergencia sabes que te atiende una persona y no una voz en un call center.
  9. Frecuencia: ¡tanta cómo sea posible! Las primeras veces, cuando son más jóvenes, es mejor viajar a través de agencia, pero cuando ya han adquirido suficiente madurez, pueden viajar solos y pasar temporadas trabajando mientras aprenden y recorren mundo. Así lo hice yo y doy fe de que funciona (¡esto es lo único que está científicamente demostrado!)

En fin, es evidente que soy una enamorada de los viajes lingüísticos, a cualquier edad. Yo sigo haciéndolos: mi próximo destino: China 2018. ¡Ya os lo contaré!

Photo credit: http://www.aischool.org/page.cfm?p=3432

 

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